TRAGA, IMPLORA, ODIA (Come, reza, ama)

César Bardés [colaborador]
¿Saben cuál es el problema que tengo con esta pelĂcula? Que soy un hombre. A veces, me avergĂĽenzo de serlo, lo reconozco, pero es que estamos ante una historia que, probablemente, sĂłlo puede ser degustada por mujeres. Y si afinamos un poco más el sentido, dirĂa que por mujeres más o menos de mediana edad que tienen un cierto miedo a mirar a su alrededor porque pueden caer en la frustraciĂłn de no haber dejado huella, de haberse dejado llevar, de haber sido simples instrumentos para realizar la felicidad de los demás pero no la suya propia.
Para mĂ no es más que una vuelta algo obsesiva hacia algo mil veces visto. Una mujer en crisis que decide tomarse un año sabático para encontrarse a sĂ misma y, claro, decide pasarlo sin lĂmite de gastos en Italia (come), India (reza) y Bali (ama). En cada uno de esos lugares conoce a hombres y mujeres estupendos, de profesiones liberales, tan frustrados o más que ella pero que hacen de la vida un sitio confortable. Quizá ella va en busca del encanto de las pequeñas cosas que siempre le ha sido negado. La sencillez de un rato para ella misma. La intrĂnseca simplicidad de una filosofĂa que desconoce. La maravillosa complicidad entre el alma y el corazĂłn cuando se sonrĂe sinceramente. Lo cierto es que la pelĂcula tiene ratos de cierto agrado, redundancia a raudales, complejidad femenina en algunos pasajes, aburrimiento solemne en otros y es larga, muy larga. Demasiado para contar una bĂşsqueda interior que para cualquiera que haya vivido un poco más allá de los treinta y cinco resulta ya más que sabida.
Por supuesto, el centro de todo esta representado por Julia Roberts, que luce esa sonrisa parecida a un buzĂłn allá por donde pasa. Y en cada escena resulta agradable entregarse al dolce far niente con ella. Lo que pasa es que es una actriz que actĂşa mucho más con los ojos que con la boca y ahĂ sĂ que llega a hacerse puro encanto para quien la mira. Por lo demás, Ryan Murphy, el director, intenta fotografiarla siempre desde el lado más adecuado, procurando no mostrar esa barriguita casi cincuentona que ya luce y haciendo que sea la mujer más adorable que haya pasado por delante del objetivo de una cámara. Eso sĂ, en su planificaciĂłn hay dos o tres secuencias que son demasiado absurdas, innecesarias y terriblemente torpes como para volver a recordarlas.
En cuanto a Javier Bardem, no se engañen. Sale poco y es un papel demasiado fácil para lo que Ă©l nos tiene acostumbrados. El prototipo de galán que vive como quiere, acomodado, con camisas carĂsimas al vuelo y gafas de sol de marca en un fondo paradisĂaco, etcĂ©tera, etcĂ©tera. Tengo ganas de que alguien, un dĂa, decida mostrar el viaje interior de una fregona que se encuentra con un picapedrero y viven una historia de amor apasionada e irrepetible en un suburbio cualquiera de una gran ciudad y aĂşn asĂ consiguen encontrar la fĂłrmula para hacer de su casa, un rincĂłn perfecto.
El que sĂ emociona, embarga, encanta y asume un papel de cierta dificultad es Richard Jenkins como ese arquitecto que ella encuentra en su retiro espiritual de la India y que derrocha clase y lágrimas en una corta escena de redenciĂłn e intento. En ese personaje es donde los hombres de mediana edad que tratamos de no mirar a nuestro alrededor para evitar caer en la profunda insatisfacciĂłn de comprobar en lo que nos hemos convertido podemos sentirnos identificados y más cercanos a la historia. El resto, para nosotros, es tragar en lugar de comer. Es implorar en vez de rezar. Es odiar para no descubrir que hemos sido incapaces de amar. Las mujeres saben mucho más de lo demás. Dentro del cine, al fin y al cabo, son ellas las que rĂen, gozan y viajan dentro del personaje de Julia Roberts, lo cual no hace sino despertar en mĂ una profunda admiraciĂłn por ese corazĂłn que tienen, por ese espĂritu que lucen y por ese estĂłmago que esconden. Va por ellas.
César Bardés
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