Morirse
Francisco M. Navas [colaboraciones].-
Basta con morirse para que todos tus enemigos olviden aparentemente lo poco o mucho malo que les hayas podido acarrear directa o indirectamente y ensalcen una falsa figura de ti mismo plagada de virtudes, de aciertos y de visiones de futuro. Cuando murió Manuel Fraga nadie mencionó los ametrallamientos de carlistas en Montejurra, ni aquello de “la calle es mía”.
Al morir Santiago Carrillo, ninguno se atrevió a mencionar Paracuellos del Jarama, y cuando inevitablemente nos toque el turno a cualquiera de nosotros, nuestros familiares y amigos dirán que fuimos ejemplo de persona íntegra y honrada.
Parece ser que con aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” todo se perdona, aunque la procesión va por dentro. A los que fastidiamos nos maldecirán para sus adentros, a los que les matamos a alguien nos seguirán odiando interiormente, y a los que les hicimos el bien nos reservarán mientras vivan un cálido hueco en sus corazones.
La historia la hacen los historiadores, con documentos en la mano, con argumentos basados en fechas y datos demostrables, y aun cuando se producen hitos incontestables y científicamente comprobados, como los más de seis millones de judíos asesinados sistemáticamente por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, o el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki por los americanos, la interpretación de estos mismos hechos por según qué corriente historiográfica pone a unos como monstruos y a otros como héroes.
La lamentable pérdida de Adolfo Suárez, tras un largo y penoso periodo de enfermedad, agravado sin duda por la prematura muerte de su hija primero, y de su esposa después, ha activado automáticamente la poderosa maquinaria propagandística de nuestro país para ofrecernos una versión seguramente distorsionada de su incuestionable talla política, silenciando errores clamorosos y aumentando desmesuradamente alguno de sus muchos aciertos.
DESMONTAR LA ESTRUCTURA FRANQUISTA
Se diría que nos acaban ofreciendo de este gran político una imagen distorsionada, como la que nos devuelven esos espejos de feria que deforman nuestra figura.
Adolfo Suárez González, natural de Cebreros, un pueblecito que cuesta encontrar en el mapa de la provincia de Ávila, estudió Derecho en Salamanca, aunque nunca fue buen estudiante. Sería, tras la huida de su padre por un escándalo de negocios, cuando conoce al falangista perteneciente al Opus Dei, Fernando Herrero Tejedor, que se convertirá en su mentor.
Entre 1958 y 1975 desempeñó sucesivamente los cargos de procurador en Cortes por Ávila, gobernador
civil de Segovia, Director General de Radio Televisión Española, Vicesecretario General del Movimiento y, ya fallecido su mentor en accidente de automóvil, Secretario General del Movimiento, gracias a Torcuato Fernández Miranda, que pasará a convertirse en su nuevo mentor.
Será en 1976 cuando es nombrado presidente de Gobierno por el Rey para desmontar la estructura franquista, elaborar una nueva Constitución y procurar la celebración de las primeras elecciones democráticas en España tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 contra el legítimo gobierno de la Segunda República Española, perpetrado por el General Franco.
Estos son los hechos incontestables, aunque estos días apenas hayamos oído hablar de su trayectoria política entre 1958 y 1975, ni se hayan comentado apenas sus fundamentos ideológicos a caballo entre el Opus Dei y el Movimiento franquista. Sí se ha insistido hasta la saciedad en su labor como presidente de Gobierno entre los años 1976 y 1981, año en que dimitió.
INTERROGANTES SOBRE LA TRANSICIÓN
Y nadie pone en duda sus grandes logros de ésta su última etapa al frente del gobierno de España, porque demostró, desde su profundo conocimiento del franquismo, cómo aquello que aparentemente había quedado “atado y bien atado” por el dictador, se podía echar abajo como si de un castillo de naipes se tratase. Posiblemente ninguna de las figuras políticas de la actualidad habría sido capaz de llevar a cabo semejante hazaña.
¿Debemos gratitud a este hombre? Sin duda, pero no nos olvidemos del pueblo español, volcado permanentemente en la calle, exigiendo democracia y libertad. Todo ello dentro del entorno caótico de las matanzas etarras, de las algaradas militares que desembocaron en el golpe de Estado del 23 F, de los asesinatos de civiles por la ultraderecha española, de las huelgas generales y del desbocado ascenso de la inflación.
Pocos periodistas se atreven a alejarse de las informaciones políticamente correctas y de las casi siempre falsas versiones oficiales. Cuando Jordi Évole se aventuró a elaborar un simulacro de golpe de Estado del 23 F, he de reconocer que me sobrecogió. No por el programa en sí, que fue espeluznante, sino por la facilidad con que nos demostró que se puede falsear la historia con muy pocos medios.
Muchos de los interrogantes de la transición española siguen abiertos, sin que nadie pueda negar que sus cimientos se hunden oscuramente en la impunidad concedida a todos cuantos cometieron crímenes de manera sistemática tras la Guerra Civil.
La desclasificación de documentos oficiales permitirá algún día investigar y escribir la verdadera historia de la transición a los estudiosos del tema. Mientras tanto nos queda la amargura de que, por desgracia, para que a alguien le sesguen colectivamente su biografía como personaje histórico, le basta con morirse.
Basta con morirse para que todos tus enemigos olviden aparentemente lo poco o mucho malo que les hayas podido acarrear directa o indirectamente y ensalcen una falsa figura de ti mismo plagada de virtudes, de aciertos y de visiones de futuro. Cuando murió Manuel Fraga nadie mencionó los ametrallamientos de carlistas en Montejurra, ni aquello de “la calle es mía”.
Al morir Santiago Carrillo, ninguno se atrevió a mencionar Paracuellos del Jarama, y cuando inevitablemente nos toque el turno a cualquiera de nosotros, nuestros familiares y amigos dirán que fuimos ejemplo de persona íntegra y honrada.
Parece ser que con aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” todo se perdona, aunque la procesión va por dentro. A los que fastidiamos nos maldecirán para sus adentros, a los que les matamos a alguien nos seguirán odiando interiormente, y a los que les hicimos el bien nos reservarán mientras vivan un cálido hueco en sus corazones.
La historia la hacen los historiadores, con documentos en la mano, con argumentos basados en fechas y datos demostrables, y aun cuando se producen hitos incontestables y científicamente comprobados, como los más de seis millones de judíos asesinados sistemáticamente por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, o el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki por los americanos, la interpretación de estos mismos hechos por según qué corriente historiográfica pone a unos como monstruos y a otros como héroes. La lamentable pérdida de Adolfo Suárez, tras un largo y penoso periodo de enfermedad, agravado sin duda por la prematura muerte de su hija primero, y de su esposa después, ha activado automáticamente la poderosa maquinaria propagandística de nuestro país para ofrecernos una versión seguramente distorsionada de su incuestionable talla política, silenciando errores clamorosos y aumentando desmesuradamente alguno de sus muchos aciertos.
DESMONTAR LA ESTRUCTURA FRANQUISTA
Se diría que nos acaban ofreciendo de este gran político una imagen distorsionada, como la que nos devuelven esos espejos de feria que deforman nuestra figura.
Adolfo Suárez González, natural de Cebreros, un pueblecito que cuesta encontrar en el mapa de la provincia de Ávila, estudió Derecho en Salamanca, aunque nunca fue buen estudiante. Sería, tras la huida de su padre por un escándalo de negocios, cuando conoce al falangista perteneciente al Opus Dei, Fernando Herrero Tejedor, que se convertirá en su mentor.
Entre 1958 y 1975 desempeñó sucesivamente los cargos de procurador en Cortes por Ávila, gobernador
civil de Segovia, Director General de Radio Televisión Española, Vicesecretario General del Movimiento y, ya fallecido su mentor en accidente de automóvil, Secretario General del Movimiento, gracias a Torcuato Fernández Miranda, que pasará a convertirse en su nuevo mentor. Será en 1976 cuando es nombrado presidente de Gobierno por el Rey para desmontar la estructura franquista, elaborar una nueva Constitución y procurar la celebración de las primeras elecciones democráticas en España tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 contra el legítimo gobierno de la Segunda República Española, perpetrado por el General Franco.
Estos son los hechos incontestables, aunque estos días apenas hayamos oído hablar de su trayectoria política entre 1958 y 1975, ni se hayan comentado apenas sus fundamentos ideológicos a caballo entre el Opus Dei y el Movimiento franquista. Sí se ha insistido hasta la saciedad en su labor como presidente de Gobierno entre los años 1976 y 1981, año en que dimitió.
INTERROGANTES SOBRE LA TRANSICIÓN
Y nadie pone en duda sus grandes logros de ésta su última etapa al frente del gobierno de España, porque demostró, desde su profundo conocimiento del franquismo, cómo aquello que aparentemente había quedado “atado y bien atado” por el dictador, se podía echar abajo como si de un castillo de naipes se tratase. Posiblemente ninguna de las figuras políticas de la actualidad habría sido capaz de llevar a cabo semejante hazaña. ¿Debemos gratitud a este hombre? Sin duda, pero no nos olvidemos del pueblo español, volcado permanentemente en la calle, exigiendo democracia y libertad. Todo ello dentro del entorno caótico de las matanzas etarras, de las algaradas militares que desembocaron en el golpe de Estado del 23 F, de los asesinatos de civiles por la ultraderecha española, de las huelgas generales y del desbocado ascenso de la inflación.
Pocos periodistas se atreven a alejarse de las informaciones políticamente correctas y de las casi siempre falsas versiones oficiales. Cuando Jordi Évole se aventuró a elaborar un simulacro de golpe de Estado del 23 F, he de reconocer que me sobrecogió. No por el programa en sí, que fue espeluznante, sino por la facilidad con que nos demostró que se puede falsear la historia con muy pocos medios.
Muchos de los interrogantes de la transición española siguen abiertos, sin que nadie pueda negar que sus cimientos se hunden oscuramente en la impunidad concedida a todos cuantos cometieron crímenes de manera sistemática tras la Guerra Civil.
La desclasificación de documentos oficiales permitirá algún día investigar y escribir la verdadera historia de la transición a los estudiosos del tema. Mientras tanto nos queda la amargura de que, por desgracia, para que a alguien le sesguen colectivamente su biografía como personaje histórico, le basta con morirse.






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