Cuando la muerte es, nosotros no somos
VĂctor Corcoba [colaboraciones].-
Coincidiendo con estas fechas de evocaciĂłn a nuestros predecesores y de visita a los cementerios, solemnidad de todos los santos y conmemoraciĂłn de los fieles difuntos, se me ocurre reflexionar sobre la realidad de la muerte, desde una perspectiva puramente literaria; puesto que la misma eternidad engrandece a la literatura como viaje a la existencia.
Bajo esta visiĂłn digerida y dirigida de lo literario, todas las generaciones han profundizado en el tránsito. El mismo poeta y prosista español, Antonio Machado, nos ha legado el más profundo de los pensamientos: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es,
nosotros no somos”. Ciertamente, los seres humanos desde siempre se han ocupado y preocupado de su muerte y de sus muertos, unas veces con cierto temor, otras veces con esperanza. En cierto modo, necesitamos recordar experiencias de vida, sentirnos cercanos unos de los otros más allá de la ausencia o del olvido.
Hay un estrecho vĂnculo entre todos, entre los que caminan y entre los que sueñan, entre los que peregrinan y entre los que duermen, entre los que se aman y entre los que se dejan recordar.
Las tumbas son casi un espejo de lo que fueron, del mundo vivido, hasta poder descubrir cĂłmo vivieron, quĂ© amaron y quĂ© les conmovĂa. Efectivamente, tras esa muerte hay una vida vivida que vale la pena cuando menos meditarla.
REFLEXIONAR SOBRE EL VALOR DE LA VIDA
Contrariamente a lo que se pregona en nuestra sociedad actual, que intenta quitar de nuestra mente el
poĂ©tico pensamiento del trance, de la expiraciĂłn, a pesar de ser un tema que nos concierne a todos los seres humanos. Recorrer nuestros cementerios, leer sus inscripciones, abrazarse a sus soledades, compartir el silencio, cuando menos es un camino que invita a explorarnos por dentro. A veces, nuestras habitaciones interiores precisan sentirnos acompañados por personas que un dĂa fueron en nosotros hasta nuestra propia vida. Como decĂa el novelista y polĂtico francĂ©s, AndrĂ© Malraux, quizás “la muerte sĂłlo tenga importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”.
Sea como fuere, una gran parte de la humanidad nunca se ha resignado a creer que más allá de la agonĂa no existe simplemente nada.
Tal vez tengamos miedo, porque tenemos recelo a ese vacĂo, a ese partir hacia lo desconocido. Al fin, uno piensa que todo tiene su tiempo y su morada. Y que ahora soy nada, pero mañana puedo ser algo. A lo mejor con ser un verso más del aire, hallo el consuelo que no encuentro en el planeta.
VUELO HACIA OTRA DIMENSIÓNNaturalmente, precisamos sentirnos eternos y acompañados, confiar en alguien o en algo. Para los creyentes es el mismo Cristo quien nos sostiene a través de la cruz que él mismo padeció. Para los que no lo sean, también se tienen que sentir confiados en algo, como puede ser en un cambio de cometido, o en un vuelo hacia otra dimensión.
Al respecto, decĂa otro escritor francĂ©s, François Mauric, que “la muerte no nos roba los seres amados; al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”.
Es verdad, la propia vida sĂ que en ocasiones nos los roba y, además, definitivamente. O tampoco, porque el ser humano surge de la tierra y a la tierra vuelve. Esta es la realidad más evidente que no debemos olvidar jamás, al igual que no podemos dejar de lado a las numerosas vĂctimas de toda clase de crĂmenes y de toda forma de violencia.
Y aunque, “cuando la muerte es, nosotros ya no somos” -como dijo Machado-, tambiĂ©n tiene bien poco sentido la pena capital, a la que habrĂa que abolir de la faz de la tierra, puesto que es otro atentado más, una especie de crimen legal contra la dignidad humana y el derecho a la vida.
Tantas cosas podrĂamos mejorar si pensáramos más en la hora suprema. Seguro que tomarĂa más consistencia si aĂşn cabe, el deseo de inmortalidad que habita en nuestros corazones.






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