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El gobernador del Banco de España y sus ofensivas declaraciones

 
Félix Arbolí [colaboraciones].-

Soy apolítico. No milito, ni he militado en ningún partido y cuando he ido a votar he cogido la papeleta por las personas que iban en ellas, no por las siglas. Mi política es la solidaridad nacional y mi ideal España. Me da exactamente que levanten el brazo, cierren el puño o hagan un corte de manga, si están dispuestos a gobernar con honestidad, integridad y honradez.

Ni le debo nada a la derecha, ni a la izquierda. Mi posición más acertada sería colocarme en el centro, en un punto equidistante de ambas vertientes y adoptar de cada una de ellas aquello que beneficiara más al pueblo. Si yo fuera gobernante, alternaría en las tabernas, bares, bancos públicos, jardines y calles, pero no de la “milla de oro”, sino en  los sitios donde viven y se afanan las familias que pasan su existencia en lucha con sus constantes problemas. Que viene a ser el setenta por ciento largo de nuestra población española total.

Para ser político hace falta tener vocación y una honradez por encima de lo normal. Algo que desgraciadamente no se da entre nuestros políticos y menos aún, entre los que por su posición social, educación esmerada recibida y situación económica desahogada no tenían necesidad de convertirse en ladrones y corruptos. Y esta fauna es la  que más abunda en nuestra cúpula del poder.

Es lamentable, yo añadiría intolerable, que una persona que tiene un sueldo y unos privilegios muy por encima de lo normal, se dedique a “distraer” para sus asuntos personales, lo que estaba destinado al pueblo, a la creación de empleos, consecución de viviendas, ayudas sociales y menesteres culturales.

HARTOS DE QUE NOS ENGAÑEN

Este individuo, pues no acierto a llamarlo de otra forma, merece ser juzgado y condenado públicamente y expulsado del país con deshonor, cuando haya cumplido sus largos años de cárcel, después de haber tenido que devolver hasta el último euro robado.  Y me da lo mismo cual sea su orientación política, para mí no es más que un sinvergüenza que merece escarnio y desprecio.

Estamos pasando una crisis horrible. Vemos impotentes cómo familias enteras no tienen donde dormir, pues han perdido sus viviendas por impagos debidos al paro y lo que es aún más repugnante e imperdonable para todo gobernante, que haya uno de tres niños españoles que vive en la extrema pobreza y una comida al día sea  para ellos un “lujo” inalcanzable. Hasta extremos de esta índole no se puede llegar en un  país que quiere ser ejemplo y abrirse paso hacia el futuro.

La Iglesia, salvo honrosas excepciones, no hace todo lo que debe,  si quiere seguir a rajatablas las enseñanzas de su Fundador, que hizo de su vida un modelo de pobreza, generosidad y sacrificio por el prójimo. Yo cada vez soy más cristiano y menos eclesiástico. Y eso que tenemos un nuevo Papa que parece haber heredado muchas de las virtudes de su Maestro.

El pueblo ya está harto de que les tengan engañados unos y otros, ofreciéndoles lo que saben no van a poder darles. Cabreado y con razón, yo el primero, con ese gobernador del Banco de España, que viaja en magnífico coche oficial, con escolta, un despacho de lujo, sueldo millonario y toda clase de prebendas y aún se atreve, sin que se le caiga la cara de vergüenza, a exigir al pueblo mayores sacrificios aún, sin antes servir de ejemplo y ceder parte de sus cuantiosas remuneraciones a los que nada o poco tienen.

DESPRECIO Y BURLA DEL DIRECTOR DEL BANCO DE ESPAÑA

¿Cómo tiene la desfachatez de decir que ahorremos y hasta compremos nuestras viviendas, si la mayoría de las familias españolas no tienen ni para poder alimentar a sus propios hijos? Parece que encima lo hace con recochineo y ganas de humillarnos. Como si fuéramos los tontos de la película.

Antes de hablar de recortar gastos, exigir mayores sacrificios y pedir el suicidio económico de la ciudadanía, gobernantes, gobernador del Banco de España y otras entidades,  tenían que tener la dignidad, el respeto  y el valor, de demostrar que lo que piden al oprimido pueblo, han tenido los “bemoles” necesarios para hacerlo ellos antes, recortando sus abusivos sueldos.

Y luego, y solo entonces, hablarle al ciudadano de sacrificios y ahorros. ¿De dónde pretende éste que ahorremos, si no llegamos ni a final de mes y algunos no tienen ni para empezarlo? Suena a desprecio y burla. A llamarnos, con cierto disimulo, analfabetos. Y yo no tolero que se burle de mí ni ese señor, ni ningún otro que viva  a lo grande a mi costa y a la de otros muchos millones de “gilipollas” que se lo consienten.

Pónganle un  sueldo de mil euros y quítenle el coche a ver que dice entonces. Es un caso casi querellante. No me extraña que con estos señores al frente de nuestras instituciones y “dueños” de nuestro destino, se abran paso tan rápidamente los que vienen dispuestos a bajarlos del podio y mandarlos a la calle. No sé ya quién es el más memo y analfabeto, si el dirigente o el ciudadano.

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