M a r i a c a e n a
Los mitos o cuentos encierran en sus seres fantásticos, la quintaesencia del espíritu humano, de sus sentimientos y pasiones.-
Cuentan en los anales de los tiempos perdidos que, en los pozos de Chiclana, antes, mucho antes de que los niños llegaran a este mundo, vivía ubicua y expectante en las oscuras profundidades de todos los pozos del pueblo y de los campos, una especie de ninfa o espíritu de las aguas, pero de no muy buenas intenciones.
Ella esperaba acechante, en la aparente quietud de las aguas que le aportaban los manantiales subterráneos, la sonora señal que provenía del chirrido de la cadena o soga al pasar por la garrucha, conforme el cubo de latón descendía perdiéndose hasta chocar con el agua en la oscuridad de ese húmedo inframundo, ¡despertándola! Era uno de esos seres liminales que se apostaban en el límite entre nuestra realidad y esa otra de la que era reina y señora.
Mariacaena salía de su quietud subiendo veloz cuando algún niño atrevido se asomaba al brocal de cualquier pozo para llevárselo para siempre consigo. Pues ella, como Medusa, no dejaba títere con cabeza. Todas las madres nos lo advertían: ¡No te asomes, que Mariacaena te va a coger! Pero cuando nadie nos veía, con sumo cuidado y mucho miedo, alguna vez lo hicimos y vimos una cabeza reflejada en el agua.
Entonces, el terror nos invadía y dabas un respingo para alejarte estupefacto del brocal y más aún si te daba tiempo a ver esos efectos lumínicos que subían desde la superficie del agua, reflejándose en las curvas paredes de los pozos. ¡Ahí venía Mariacaena a por ti!
MIRADA HIPNÓTICA Y UÑAS DE NÁCAR
Hubo quien dijo que Mariacaena tenía mirada hipnótica y sus uñas eran de nácar. Ellas le permitían trepar rápidamente como un gato endiablado. Esas uñas eran las responsables de los extraños efectos lumínicos que podíamos reproducir si encontrábamos un trocito de espejo roto y hacíamos movimientos rápidos con él, proyectando un haz de luz en las paredes de cualquier cuarto o habitación en ligera penumbra. A eso le llamábamos hacer Mariacaenas.
No faltaban los que decían que tenía una larga y húmeda melena; y que sus pelos eran de verdín. Su única posible compañía era la de una tortuga que se echaba a los pozos, para que mantuvieran limpias las aguas. Hoy apenas si se la recuerda, excepto por los que vivíamos antes de que el agua corriente llegase a casi todas las casas y desparecieran o se sellasen los pozos urbanos.
De hecho, por más que he buscado, sólo he encontrado una referencia -de un chiclanero tenía que ser ¡claro!-a esta mítica señora abisal en el no menos espectral mundo de lo virtual.com., lo cual ya es bastante raro dada la enorme cantidad de información que esos medios manejan.
REIVINDICAR A MARIACAENA
No descarto que alguien haya podido citarla en algún escrito personal o de poca circulación. Más extraño sería pensar que una tal María, apellidada Cadena, cayese y se ahogase en un pozo de Chiclana. ¡Quién sabe!
Hoy toca reivindicarla, pues prácticamente casi todos esos mitos de seres fantásticos provienen de pueblos del norte: gnomos, duendes, trasgos, elfos, hadas, ondinas; sin olvidar a los genios árabes y a esos otros de la mitología clásica grecorromana: ninfas, náyades y nereidas.
Todas ellas diosas menores buenas; menos las sirenas de Ulises, cuyos hechizantes cantos logró escuchar, sin ser arrastrada su nave hacia las rocas errantes de una isla cercana a Sicilia, porque la bruja Circe le advirtió que sólo podría escucharlas, sin perecer, si antes lo amarraban de pies y manos al mástil de su barco, mientras que todos sus marineros debían taparse los oídos con tapones de cera para que no las escuchasen.
ASUSTARNOS PARA QUE NO CAYÉRAMOS A LOS POZOS
No puedo evitar, llegado este momento, recodar a mi gran amiga Amalía Vasilakaki, estudiante de medicina en Cádiz, enamorada de Lorca y que tradujo a su lengua griega al mexicano Carlos Fuentes, con la que tanto hablé de los mitos griegos clásicos y otros asuntos de la Antigüedad helénica, y que incluso me llevó al sitio donde Platón descansaba y platicaba, a las afueras de Atenas, con sus discípulos bajo unos plátanos en el actual barrio de Moschato, muy cerca de su casa. Curiosamente, ella nunca usaba la palabra mitos, los llamaba cuentos antiguos de mi país.
Y volviendo a nuestro asunto, mira por dónde, aquí, engatusados hasta las trancas por tanta mitología céltica, nórdica o incluso por nuevas mitologías como la de Tollkien, con su Señor de los anillos, y todas las series televisivas que vinieron después, nos habíamos olvidado del único de esos seres autóctono, con el que nuestros mayores nos asustaban para evitar que cayéramos a los pozos.
JUAN J. RODRÍGUEZ BALLESTEROS









¡Qué buenos recuerdos! Ya lo tenía perdido en mi memoria y de pronto al leer este articulo he recordado todo los mitos de mi infancia, entonces yo no sabía que eran cuentos de nuestros mayores para protegernos de un posible accidente. Al leerlo ahora se me ha abierto la ventana de una mitología chiclanera. Gracias al autor que nos ha hecho ver los sabios que eran nuestros mayores.
ResponderEliminarCuantos recuerdos. Este cuento para asustar a los niños y niñas y los mayores estar tranquilos ante el peligro que representaban los pozos , lo contaba yo en Extremadura, ververaneaba
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