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Haz bien, pero con precaución


Félix  Arbolí [colaboraciones].-

Nuestra vida está marcada por una serie de detalles y anécdotas que nos surgen de manera inesperada y que en muchos casos nos afectan e impactan  hasta el final de nuestros días. Frases oídas al azar o leídas en un libro; deseos incumplidos o satisfechos, que como gotas de rocío permanecen en un difícil equilibrio mental, amores correspondidos y truncados que agitan nuestra memoria y momentos o situaciones que nos hacen creer que hemos tocado el cielo o descendido a los infiernos.

Circunstancias que pasan por nuestros recuerdos con la facilidad y precisión de aquellas estampas antiguas o fotos del pasado, que al pasarlas con toda rapidez, parecían tomar vida.  

Dicen que en el momento antes de morir discurre toda nuestra vida ante la mente, a una velocidad casi vertiginosa. No lo creo, ni tiene el menor fundamento. Nuestros recuerdos nos acompañan constantes en vida, porque están fijos en nuestro subconsciente, dispuestos a salir en cualquier momento o circunstancia que así lo requiera. Cuando llega la hora definitiva, no hay tiempo para pensar en lo que fuimos y somos, sino a dónde iremos y qué nos vamos a encontrar en esa desconocida e inquietante eternidad.

Yo soy muy dado a la reflexión en los momentos que damos tregua a la palabra y cedemos el turno al pensamiento. Es una manera eficaz para abstraerme de un presente que no me agrada ni convence y realidades que me amargan o conturban.

JOYERO  PRODIGIOSO

Hace muchos años leí una historia que me sorprendió y nunca he olvidado. Más aún, la tomé como lema o consigna de lo que debería ser mi vida, aunque he de reconocer que no siempre conseguí mi propósito. Era la historia de un pequeño que entraba en una joyería norteamericana para comprar con sus ahorros un regalo a su madre por su santo o cumpleaños, no recuerdo. 
El joyero, hombre paciente y comprensivo, dueño del local, le fue enseñando anillos, pulseras, pendientes y demás, esperando que su comprador se decidiera por uno de ellos. Al final, tras mostrarle varias bandejas y sacar de ellas algunos artículos que al pequeño le llamaban la atención, eligió un precioso anillo de oro blanco con una reluciente esmeralda.

Al chaval se le iban los ojos tras la joya y gozaba de antemano con la alegría y la sorpresa que le iba a dar a su madre. Ante un comprador tan  precoz, el joyero se sintió intrigado y le preguntó:

-¿Dices que es para tu madre, no?

- Sí señor, me he pasado todo el año ahorrando y hasta he vendido mi colección de cromos para ofrecerle este regalo a mi mamá. ¡Ya tendré ocasión de hacer nuevas colecciones!

Y uniendo la acción a la palabra, sacó su hucha de cerdito y dos dólares arrugados de uno de sus bolsillos y los puso sobre el mostrador. 

-¿Cuánto has conseguido ahorrar?, le preguntó nuevamente el joyero.

Rompió al cerdo-hucha y de su interior salieron gran cantidad de monedas, todas de pequeño valor.

-Voy a contarlo. Y fue sacando de la rota hucha su contenido.

-Siete dólares y veinte centavos -dijo con aire triunfal-. ¿Hay suficiente?

-Desde luego que si -respondió el joyero, guardando el anillo en una preciosas cajita, que envolvió con el mismo esmero e interés que lo haría con su cliente más distinguido. Luego, en un tono solemne, sonriente y amable, se lo entregó. 

El  chaval se fue feliz, inconsciente del prodigio  que se había realizado. Cuando el joyero retiró los  billetes y la calderilla del mostrador para guardarlos, sus ojos, bajo las gafas, estaban humedecidos.

¿BUENA LABOR O TIMO?

La revista se preguntaba qué impulsó a ese joyero a obrar de esa manera y no hallaba  respuesta alguna. Cuando lo leí, asimilé la grandeza y generosidad de ese desconocido. Desde aquel lejano día me estuve preguntando la satisfacción que debería producir ser el autor de esa acción tan noble y maravillosa. No son frecuentes los casos que se nos puedan presentar,  pues ya no se encuentran niños tan ingenuos que no sepan el valor de los objetos y del  dinero.

Recuerdo a este respecto que cuando tenía la librería, entró en el local la víspera del día de la madre un niño gitano, con la misma intención del anterior. Me hizo sacarle objetos de regalo, figuras, portarretratos, etc., etc. Tendría unos diez años e iba solo. Le veía indeciso entre unos y otros, demostrando con la mirada que le llevaría eso y mucho más a su madre. Todo le parecía poco. Me acordé  de la historia antes citada y me armé de resignación y de amabilidad. Había llegado mi anhelada oportunidad.

Al fin se decidió por un centro de mesa, cuyo valor sobrepasaba las cuatrocientas pesetas de entonces. Era de artesanía mexicana y lo había adquirido como otras cosas en el pabellón de México de la Feria Internacional. Satisfecho y feliz sacó el dinero de uno de sus bolsillos y con la mayor candidez, me preguntó:

-¿Tengo suficiente?

No lo conté, le respondí que sí y se lo envolví en papel de regalo, con un bonito lazo y tarjetita alusiva al día.  Lo que me había dejado como pago no llegaba a las diez pesetas. No me importó. Me  acordaba del joyero.

Estaba gozando con mi acción, cuando se abrió de golpe la puerta y aparecieron más de diez gitanillos queriendo llevarse un objeto igual por el mismo precio. No sé si enviados por sus propias madres o por saber mucho más de lo que aparentaban. Como es lógico ya no cedí. ¿Había hecho una buena labor o había sido objeto de un timo y una burda maniobra? Nunca lo sabré.

    





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