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La ciencia cura, la política mata


Francisco M. Navas [colaboraciones].-

Parece ser que los efectos nocivos de la pandemia del coronavirus, que tanto ha afectado a nuestras vidas, han llegado para quedarse por un tiempo mayor del que todos esperábamos. Anualmente se reproducen brotes de enfermedades a las que nos hemos acostumbrado y para las que tenemos remedio. (FOTOS: Laboratorio del Centro Nacional de Biotecnología, donde se analizan patógenos como el coronavirus para desarrollar una vacuna; Adolfo García Sastre, virólogo español que dirige el Instituto Global de Salud y Patógenos Emergentes en el Hospital Mount Sinai de Nueva York, uno de los centros de investigación más reconocidos a nivel internacional; Juan Luis Arsuaga, antropólogo). 

Las neumonías, las gripes, las infecciones intestinales y otros muchos males que no es necesario citar, se repiten cíclicamente sin que en ningún caso supongan una alarma social, ni un peligro para el normal funcionamiento de nuestro sistema sanitario.

Tal vez por ello nos sentíamos, sin saberlo, seguros e inmunes a cualquier tipo de epidemia que pudiese afectarnos y, tal vez por esa misma razón, todos los gobiernos, uno tras otro, se han dedicado a recortar en gasto sanitario, es decir, en personal, espacios sanitarios y material sanitario.

Incluso algunos de esos mismos políticos que ahora protestan a voz en grito contra los gestores públicos del gobierno actual, se olvidan fácilmente de que cuando ellos gobernaba el país o su respectiva comunidad autónoma, no sólo aplicaron recortes a la sanidad pública, sino que intentaron desprestigiarla por todos los medios, para convertir en un negocio rentable y lucrativo a la sanidad privada y, de paso, poner la mano por si caía alguna que otra comisión.
 

ANGUSTIA

En cualquier caso, la globalización nos había hecho perder el norte que esta pandemia nos ha devuelto. Me explico. Desde hace tiempo, gracias a la industrialización de los países llamados emergentes, con condiciones laborales y derechos sociales bastante inferiores a los nuestros y con salarios de miseria, se podía comprar en ellos todo tipo de productos a menor precio. Por supuesto, siguiendo a rajatabla la regla número uno del capitalismo: buscar siempre el mayor beneficio con el menor riesgo para nuestro capital.

Y he aquí que aparece un virus letal, ubicado precisamente en esos países en los que adquirimos incluso artículos de primera necesidad, y todo se colapsa. Y tiene que reventarnos en la cara una pandemia como ésta para que nos demos cuenta de que somos capaces de hacer nuestras propias mascarillas, y nuestros respiradores, y nuestras batas sanitarias, y que nos vamos a quedar sin UCIS, y que hemos expulsado de nuestro país a un gran número de investigadores, que ahora necesitamos urgentemente para buscar tratamientos para la enfermedad o una vacuna eficaz. En definitiva, nos topamos de frente con una realidad incuestionable: la ciencia cura, la política mata.

Cuando Albert Einstein desarrollo la teoría de la relatividad y estudió el comportamiento del átomo apoyó, sin llegar a calibrar sus devastadoras consecuencias, la primera aplicación de esa inmensa fuerza de la naturaleza para el diseño, la construcción y el posterior uso de la bomba atómica. Porque la ciencia, en manos de los políticos, puede volverse letal.

Todos hemos vuelto la mirada con angustia durante estos dos meses hacia personal sanitario, del que sabíamos que estaba ahí, pero al que nunca supimos poner en valor. Las doctoras, los enfermeros, las matronas, los auxiliares clínicos, las limpiadoras, los vigilantes de un hospital, no son héroes porque hayamos caído ahora en la cuenta de que lo son: lo han sido siempre, porque el riesgo que corren a diario desempeñando sus respectivos trabajos en un medio hostil y altamente contaminado como un hospital, los hace imprescindibles y se constituyen a diario, en silencio, en los garantes de nuestra salud.
 

 
LA CIENCIA, TAN OLVIDADA Y TAN IMPRESCINDIBLE

Los mismos que en su día aplicaron drásticos recortes a la sanidad pública piden ahora a gritos una paga extra para estos héroes. Sin embargo, ninguno habla de dignificar sus sueldos y sus condiciones de trabajo. Evidentemente, no han entendido nada. Durante la pandemia, incluso los estudiantes de medicina de los últimos cursos y todo el personal sanitario que ellos han mandado al paro se han volcado en los hospitales desinteresadamente, porque su profesión es salvar vidas, no ganar dinero. Son trabajadores, no empresarios.

Hay servicios públicos que nunca deberían caer en manos privadas. La terrible mortandad en las residencias de nuestros ancianos, de esos que lucharon por traernos la democracia, da fe de ello. Muchos de ellos sufrieron en sus carnes la represión fascista del régimen de Franco, y en ningún caso merecían morir por desidia o abandono social. En Estella, los trabajadores de su residencia se encerraron con sus ancianos para no contaminarse y no ser contaminados, y les han salvado la vida a todos. Este gesto, inédito en toda España, demuestra que todavía queda gente con conciencia.

Pero volvamos a la ciencia, tan olvidada y tan imprescindible. La ciencia no funciona como dogma o axioma, sino como un método de trabajo triple que consiste en observación, experimentación y recreación del fenómeno observado. Y todo esto se traduce en ensayo y error. Sí, los científicos pueden equivocarse, y a veces se les va la vida en ello, porque no siempre podemos recrear un fenómeno que observamos.

Hay multitud de factores que se nos escapan al observar el fenómeno en cuestión y que pueden falsear el resultado de nuestra investigación. Incluso la casualidad puede jugar en nuestra contra o a nuestro favor, como ocurrió con el descubrimiento de la penicilina.
 


EL CORONAVIRUS ECHÓ ABAJO TODOS NUESTROS ESQUEMAS

En cuanto a las epidemias, siempre existirán y siempre podrán ser contenidas o incluso erradicadas cuando se ha conseguido averiguar cómo se comporta el factor determinante que contribuye a su expansión. Hoy en día, nadie se asusta al contraer una pulmonía, que seguramente nos habría matado hace escasamente 100 años.

El problema consiste en que nuestras sociedades no están gobernadas por científicos, sino por políticos, y para ellos sólo cuenta un factor: la economía, que cada cual interpreta según sus principios éticos. Por eso hasta hoy ninguno ha dado importancia al elevado número de alumnado en las aulas, ni a las aglomeraciones en los campos de fútbol, o en macroconciertos, o en manifestaciones, ni a la escasez de profesionales médicos o de medios materiales en los hospitales o en las consultas, ni al absoluto abandono y descontrol en muchas residencias de ancianos. Rentabilidad ante todo. Y eso sí, pan y circo.

Pero cuando una pandemia como ésta nos sacude de arriba abajo, se derrumban todos los esquemas vitales que creíamos inmutables como un castillo de naipes. Cuando la salud está en riesgo, la economía pasa a un plano secundario. Y entonces tomamos conciencia de la innumerable lista de reformas que necesitamos para garantizar la salud y el bienestar de la población, y que son imposibles de improvisar de un día para otro. Y ese listado refleja claramente dónde se han producido los recortes sociales durante décadas y, especialmente, a raíz de la anterior crisis, gestionada íntegramente por el Partido Popular.
 


REFLEXIONAR COMO ADULTOS

Nuestros científicos brillan en el mundo entero por su eficiencia y la calidad de su formación. Si no entendemos la importancia de la investigación y la necesidad de un desarrollo sostenible, humano, equitativo, no hemos aprendido nada con esta pandemia.

Si no reconocemos de una vez por todas que quienes salvan las situaciones críticas no son los banqueros, ni los grandes terratenientes, ni la clase acomodada, sino la comunidad sanitaria en su conjunto, las personas ante sus máquinas de coser, las limpiadoras, los transportistas, los agricultores y ganaderos, los conductores de ambulancias, la policía y las fuerzas del orden, y tantos y tantos que me dejo en el tintero y que no salen nunca en las páginas de la prensa del corazón, ni en los diarios, estaremos condenados a contemplar indefensos en un futuro no muy lejano, otro desastre como el que nos asola.

Ojalá sigamos al pie de la letra el consejo de Juan Luis Arsuaga, antropólogo español, que lejos de creer que seamos capaces de escarmentar con esta tragedia colectiva, nos pide a todos que, al menos, seamos capaces de reflexionar como adultos, para adaptar nuestros comportamientos colectivos a un futuro mejor.

 

 

 

 

 

 

 

 

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